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Recuerdo perfectamente aquel día.

Yo, con 18 años, le pedí a un Dios de cuya existencia ni siquiera estaba segura, que por favor me ayudara:

“- Si existes, líbrame de la vida simple, de la vida monótona, del tedio rutinario, líbrame de la existencia insustancial en la que los días y los años se suceden haciendo montones de nada…
Quiero sentir cada día que la sangre hierve en mis venas, que estoy viva, que existo en un espacio donde suceden cosas y estoy en ellas… no quiero la comodidad, ni el conservadurismo, ni el asentamiento del “todo hecho”, no quiero lo fácil, ni la vida en la paz de “nunca me pasa nada”. Si existes, no dejes que esto me suceda…”

Ahora, doy las gracias y brindo, por todo lo que se me ha concedido: amar, luchar, sentir, «vivir» en un mundo maravillosamente complicado.

Al levantar mi copa, lo haré por mi, pero también por toda la gente que a lo largo de tantos años me han acompañado en el camino: los que me enseñaron la paciencia, los que me ayudaron sin preguntar, los que compartieron mi esfuerzo, los que tendieron su mano para que me levantara, los que dejaron sus pisadas marcadas en el camino para que las siguiera, los que llevaron mis luchas como suyas, los que celebraron conmigo las alegrías…

Por vosotros brindo: Por vuestras manos, por vuestra mirada, por vuestros pasos, por vuestra palabra, por vuestros silencios.
¡mi copa también es, por cada uno de ustedes!

Un abrazo grande, grande, para todos: pertenecéis a la parte de cosas hermosas que la vida generosamente me permite tener.