A ver quién sabe cual de estas niñas soy yo.

 

Al colegio iban muchos niños y niñas.

 

Las clases de la izquierda eran de los niños y las de la derecha, de las niñas.

Los libros te los daba la seño y había que cuidarlos mucho.

Los babis eran todos negros, con un cuello de plástico blanco. A la cintura se llevaba atada una cinta de colores. Cada curso tenía un color distinto, yo estaba en el azul, porque dijo la señorita que ese era mi curso.

 

Recuerdo dos señoritas. Una de cuando estuve en el azul y otra de cuando estuve en el rojo: Doña Consuelo pegaba unos bofetones tremendos a los niños. Era grande y siempre llevaba la ropa igual. Cuando estaba de pie tapaba medio encerao. ¡Siempre estaba enfadada, siempre, siempre, siempre!

 

– ¡A ver tú, decía, al encerao! Esto lo decía cuando tenía ganas de dar bofetones a alguien.

 

-Apunta: siete, nueve, seis…por tres. ¿-No sabes escribirlo?

 

!Vamos, rápido, escribe! -¡Por tres, gritaba, por tres…apunta!-

 

¿A sí señorita?  Preguntaba el niño.

 

Y ella se levantaba y…¡bofetón! Sin explicarle qué había hecho mal, le decía: – ¡Siéntate!

 

¡A ver, tú! Y sacaba a otro niño. Yo me sentaba todo lo detrás que podía y estaba calladita y atenta.

 

Un día la señorita dijo: -A ver, tú, la de los rizos.

 

Y me sacó al encerao.  -Nueve, siete, cinco…por siete. ¡Vamos! -¡Siéntate!

 

Y nunca más me volvió a sacar. Creo que a ella lo que la gustaba era sólo dar bofetones.

 

Otra de las profes era Doña Isabelita. Ella no daba bofetones, ni gritaba, ni sacaba a los niños al encerao; sólo hacía punto y preguntaba la lección.

 

-A ver, decía, quién se sepa la lección que levante la mano.

 

Luego decía: -Los que se sepan la lección al recreo, los demás castigados. Mañana los deberes y la lección otra vez.

 

Por la tarde, tocaba dictado durante toda la tarde:

-Dictado. Decía, sin levantar la cabeza del punto que estaba haciendo.

 

-La…mamá…venía…caminando…Y seguía callada haciendo punto.

 

Al rato preguntaba: -¿Habéis terminado?

 

Los niños siempre decían:-No señorita.

 

Y ella repetía: – la… mamá…venía…caminando…

 

A los dos meses, una de las mañanas, me acerqué a la mesa de la señorita y le dije:- Señorita, que ya no voy a venir al colegio hasta que no estemos en el final del libro. Ya he hecho todas las lecciones y todos los dictados y todos los deberes…es mejor que esté en casa, porque ya me he aprendido el libro y me aburro mucho…

 

La tuvo que molestar mucho que la interrumpiera su punto, porque me preguntó muy enfadada:

 

– ¿Pero qué dices, que no quieres venir al colegio? ¿Que no te estoy enseñando nada?

 

– Sí señorita, quiero venir al colegio, pero cuando haya un libro nuevo…

 

– ¡Vete a tu casa! dijo muy enfadada.  Y yo me marché.

 

Mi madre también se enfadó mucho conmigo.

 

-¿Cómo que no vas a ir al colegio? ¿Y qué vas a hacer en casa?

 

– Es que, decía yo, ya me sé todo el libro y todos los deberes y todos los dictados. Y la seño sólo hace punto… y nunca nos mira los dictados…y tarda mucho en dictar…y me aburro mucho.

 

 

Pero el lunes tuve que ir al colegio. Entré la última y me senté en el último sitio, bien atrás. Pero la seño me vio. Y dijo denseguida en voz alta:

 

– Mirad, ya ha vuelto la sabijonda. ¿Ya sí quieres estar en el colegio? ¿Ahora resulta que sí puedo enseñarte cosas?

 

Yo no le contesté. Todos los niños me miraban y estaban riéndose mucho de mí.  Durante unos días la seño, dictó más rápido y preguntaba las lecciones. Durante unos días, ponía más deberes y luego los corregía…luego siguió haciendo punto y volvimos como al principio. ¡Pues vaya! y ya no podía  volverme a marchar a casa, ya no me atrevía.

 

*La «señorita Consuelo», continúa viniendo al pueblo algunos veranos, yo la veo igualita; me dan ganas de decirle:

-«Señorita»…te acuerdas  que yo iba al colegio contigo? Pero no.