(Foto de la abuela Rufina con las primas)

 

Mis primas vivían, muy, muy lejos.

Había que pasar muchas montañas y caminos; muchos, muchos…

El sitio se llamaba Barcelona y decía la abuela que no era igual que la raña;  no tenía caminos con “chinatos”, ni tierra amarilla para pintar las paredes, ni tenía colmenas como las del abuelo, ni jaras, ni olivos…

No sé si me gustaría esa Barcelona, tenía que ser muy fea.

La abuela también decía: – a ver cómo te portas, porque las primas no son como tú, son pequeñas y se asustan mucho. Ni se te ocurra llevarlas donde haya bichos, ni a jugar en los robles, ni dejes que el perrito, les salte encima. – La tía las tiene muy limpitas y con unos vestidos preciosos que no pueden mojarse ni llenarse de tierra…hay que tener cuidado.

Yo no conocía a mis primas… ¿serían así por tener que estar en un sitio tan feo?

Pero tenía ganas de que vinieran, a lo mejor no era todo como la abuela decía.

Llegaron montadas en la burrita con la abuela.

La tía tenía una cosa con la que las miraba y decía que hacia afotos. Pero yo eso no lo conocía.

La abuela me había enseñado una  afoto del abuelo cuando estaba en la mili…quizás las primas también quedarían así, a lo mejor era eso.

Cuando la tía me dejaba jugar con ellas, me lo pasaba muy bien. Las llevaba a levantar piedras para que aprendieran donde estaban los bichitos, pero sin jugar con ellos, ¡que si se enteraba la abuela!  Y también les enseñé donde se escondía un erizo que yo conocía.

Cuando la tía estaba muy entretenida, nos poníamos debajo de la higuera y con cuidado lavábamos en la pila de la ropa… ¡es que tenía que enseñarlas muchas cosas!

El día iba bien, pero por la tarde, cuando anochecía, la tía siempre se enfadaba conmigo: – ¿qué le has hecho a las niñas? Mira que sucias están, mira, tienen mojado el vestido y lleno de tierra. Pero bueno, qué has estado haciendo con las niñas, ¡mira cómo tienen las manos!  Y muchas más cosas así.

Todo no era culpa mía, ellas solitas habían cogido los higos del suelo y se los habían guardado en los bolsillos.  Se habían mojado porque se metieron en la pila, ellas solas.

-Tía, decía yo, es que  la Juanita quería lavar el vestido de la Marimar  y se lo llenó de jabón y así no se hace…

Pero la tía no me escuchaba y continuaba diciendo esto y lo otro…

A los pocos días, las primas ya habían aprendido mucho: tiraban pan al perrito para que lo cogiera saltando y ya cantaban la canción al curacurato,  cuando nos lo encontrábamos por los olivos: “curacurato, curacurato, si no me cantas la misa, te mato” aunque aún no sabían pisar con fuerza al curacurato, para que muriera si no cantaba, eso siempre lo tenía que hacer yo.

Un día mi prima Juanita se enfadó conmigo y me decía: – ¡tú no sabes las cosas que yo sé, ni sabes hablar catalán, ni sabes decir las cosas como se dicen en el cole! – A ver di: àvia, mamella, germana, poma, noia, gos… ¡a ver, dilo!  – ¡Pues no quiero decir eso que no se entiende nada! decía yo.

Mi prima decía que yo no sabía nada y que nunca podría ir a Barcelona ni a ningún sitio.

– Abuela, le decía yo ,cuando mi tía no estaba, la prima dice que yo no sé las cosas del colegio y que no puedo ir a Barcelona. Y la abuela decía: – ¿que tonterías son esas? Tú vas a ir al colegio, pero bien pronto. – ¿Y a Barcelona? Preguntaba yo. – A Barcelona no hace falta ninguna ir, ¡pá lo que tiene que haber allí!

Cuando las primas y la tía se marcharon, la abuela, el perrito y yo, nos quedamos tristes, nos dio mucha pena que se fueran… Yo estuve pensando en esa Barcelona donde vivían, pero no sabía cómo podía ser ese pueblo tan grande y tan raro que no tenía casi nada!