A Don Manuel, había que respetarle mucho, como al abuelo o más, porque era el sacerdote.

Era grande y con mucha tripa que se le notaba por la sotana.
Siempre vestía igual: llevaba una sotana larga y negra con un sombrero en la cabeza muy raro, no como el del abuelo.

Caminaba todo el día por las calles y si te le encontrabas, tenías que acercarte y besarle un anillo grandote que llevaba puesto en la mano. Siempre igual.
Y él te tocaba la cabeza y decía:
– Muy bien, muy bien.
Algunas veces te daba caramelos que llevaba en el bolsillo.
Le gustaba mucho que le besaras el anillo. Si no lo hacías, siempre te llamaba para echarte la bronca: – Pero bueno, ¿crees que no te he visto? Eso no está bien, !ya verás cuando se lo diga a tu madre!
No sé por qué era tan importante besarle aquél anillo, pero mi madre también me reñía si no lo hacía: – Me ha dicho Don Manuel que  haces como que no le ves…¡Esta niña..!  ¿Es que no sabes que eso no se puede hacer? ¡Algún día te va a pasar algo..!
Pero yo sabía que no pasaba nada, sólo la reguñina de los dos si se daban cuenta.

Después de él vino Don Teodoro. Era más joven y no quería que se le besara el anillo, aunque vigilaba muchísimo que todos los niños fueran siempre a misa.
Y tenía una uva mú agria, Eso decía mi padre.

A mí no me importaba ir a misa, lo malo eran todas las cosas que había que hacer para poder entrar en la Iglesia:
Una chaqueta de manga larga para cubrir los brazos y un velo blanco, puesto siempre en la cabeza. Las mujeres tenía que llevaban el velo negro, las niñas, blanco.
En verano, hacía mucho calor y yo no quería ponerme ni la chaqueta ni el velo.
Además, el velo se me caía siempre, no sabía cómo ponermelo… ¡no me gustaba nada, pero nada, nada!

– Mama, decía yo a mi madre, no quiero ir a misa.

– ¿Cómo que no quieres ir a misa? ¡Habrase visto esta niña! ¡Pero que vergüenza Dios mío! ¿Pero esta niña qué se habrá creio?  ¡Vamos que si vas a ir a misa!  ¡Pero bien lista y bien atilgá. Que no tenga nadie ná que decir!
No había remedio, tenía que ir a misa.

Al poco tiempo, ya había yo conseguido formas de salirme de la misa cuanto antes: – Esa niña, la que no tiene el velo puesto, la que está ahí en el centro…¡que se ponga el velo!

Decía el cura en mitad de la misa.

– Esa niña, la de antes, volvía a repetir, la que tiene el velo quitado… ¡A la calle!

Otros domingos era lo mismo, pero por no arrodillarme a tiempo o por estar en manga corta.
La chaqueta se me caia de los hombros sin querer y en cuanto el cura me veía, estuviera en la parte de la misa que estuviera, lo paraba todo y decía señalándome:

– Esa niña…¡a la calle!

Yo me salía encantada a la puerta de la Iglesia y esperaba a que todas las demás niñas salieran.

Pero las chismosas se lo contaban a mi madre

– Que vergüenza de niña, decía mi madre,  medio llorando y bastante enfadada. ¡Esta niña no sabe lo que es la jonra y que nádie tenga ná que decir..!
y se ponía muy furiosa, ella solita.
– Nos va a traer algún problema…tendré que hablar con el cura…¡ ¡Mira en qué lios me mete esta niña, mira en que lios!

Y dale que dale sin parar de decir cosas.

-Mama, decía yo todas las veces, es que hace mucho calor y como tengo el pelo rizao el pañuelo se me cae. No es culpa mía, es que como tengo el pelo rizao…

Pero mi madre no se tranquilizaba. Cada vez que hablaba con el cura era peor… Y las vecinas ¡siempre palrando!.

Un día el cura me dijo:

– A ver, ¿por qué me das tantos problemas, por qué eres tan rebelde? A ver, dime…

– Pues es que como tengo el pelo rizao… decía yo, el pañuelo se me cae y la chaqueta también, pero no me doy cuenta… es que como tengo el pelo rizao…

Usted dice que Dios es muy bueno… Yo creo que Dios tiene que ser como mi tío José que me quiere aunque se me caigan las cosas.

Esto me costó un enorme tirón de orejas que me dolieron muchos días, pero el cura desde entonces, ya no me hizo tanto caso en la misa.

Mi madre cada vez que llegaba el domingo, se llevaba una sofoquina conmigo. Y el cura otra.
Al cura se le pasaba al terminar la misa, pero a mi madre no, siempre erre que erre: Que si la jonra, que si la vergüenza, que si qué iba a ser de ella con esta niña…

Así todo el verano.