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Estaba amaneciendo. El sol, tímido pero poderoso, apartaría al viento y se elevaría sobre el lago.

Esperábamos el instante en que los primeros rayos iluminasen el paisaje blanco.

La vieja barcaza, llena de todos los amaneceres, yacía tranquila ante nuestros pies.

Mis manos se pararon a tocarla, apenas la rozaron. Agachada junto a ella, me quedé esperando.

Sentir como ella, vivir como ella…

Ser como una vieja barcaza anclada sobre el lago, dejando que el aire y el sol me llenen…

Abierta a la vida sin resistencia, sin añorar ni desear nada, que no sea VIVIR intensamente, este instante.

Sí, Verdaderamente, mi alma no quiere nada más.

Cuando metida en el mundo se me olvida, siempre, siempre, siempre… aparece mi barcaza, me llama y me lo recuerda.