El abuelo tenía colgado junto al espejo que había en la pared, su zurrón con las cosas para escribir. Era de la piel de un chivín muy bonito, que él había curtido. Tenía el pelo muy suave por fuera, y dentro, papel de escribir las cartas, un bolí, un lápiz y la goma de borrar.

 El zurrón del abuelo, nunca, nunca se podía tocar, ni coger nada de él. Porque el papel era muy caro y no se podía estropear. Sólo el abuelo lo usaba.
Algunas noches, cuando no estaba muy cansado, escribía las cartas a su familia, y me ponía a escribir con él. Me explicaba muchas cosas de las letras.
También me ayudaba a leer, para que pudiera ir comprendiendo las cosas que los libros decían.
A mí me gustaba mucho aprender con el abuelo. Aunque con los tíos daba muchas voces y decía palabrotas muy gordas, conmigo, tenía mucha paciencia. Se reía porque yo decía las palabras al revés y hacía muchos gurripatos al escribir.
El libro que más me gustaba era “Frases”. Ya casi me sabía todas las historias, porque muchas noches, cuando el abuelo estaba muy cansado, sino escribíamos, yo leía mucho rato y él escuchaba.
También me enseñaba las cuatro reglas. Pero en esto todavía estaba muy verde, que lo decía el abuelo… y también decía: – Hay que ir pensando en el colegio…tendrá que marcharse al pueblo…
Yo protestaba: – Abuelo, yo no quiero ir al pueblo, tú sabes todo. Ya verás como aprendo las cuatro reglas muy pronto y no voy a hacer más gurripatos, voy a escribir, clarito, clarito…

Eso era por la noche, pero por el día, tenía que trabajar con la abuela en muchas cosas.

Por la mañana, cuando la abuela volvía de por la leche, hacíamos el queso que se había estado cuajando.

 La abuela tenía unas manos muy fuertes y lo escurría muy bien, para que se secara rápido en las tablas del techo.
Con las últimas escurrajas cuando ya casi no quedaba nada, me hacía un quesito chiquinino para mí, ¡pero muy chiquinino! yo lo ponía a escurrirse en la tabla con los otros…pero luego siempre me lo comía antes de que secara. Miajina a miajina, desaparecía todo. ¡Es que me gustaba mucho!
También me encantaban los calostros, pero no siempre los traía el abuelo, sólo cuando las cabras parían mucho.
La abuela, me cocía el suero de la leche y dejaba bastantes zurraspas para que me las encontrase cuando me lo tomaba bien migao con pan.

Algunos días, cuando tocaba hacer pan, nos levantábamos muy temprano, porque el pan era muy difícil y no podía hacerse con prisa. La abuela siempre me hacía una palomita con la masa, y la cocíamos en el horno del pan, pero con mucho cuidado, porque era muy pequeña y se podía quemar…cuando se cocía quedaba reluciente con su cabecita y sus alas. A mi me daba pena romperla y hasta la semana siguiente, cuando se volvía a amasar otra, no me la comía.

 ¡Todo el día teníamos trabajo, pero todo el día! y por la tarde: el berbajo para los guarros, encerrar las gallinas, recoger los posentes de la puerta, meter leña pa la lumbre
– Abuela, yo no me puedo ir al pueblo, porque hay mucho trabajo y tengo que ayudar…díselo al abuelo…
 Y la abuela decía:
 – Pá buenas estamos…tendrá que ser lo que sea.